Miguel Arteche
El labrador del espíritu
Miguel Arteche nació en Nueva Imperial en julio de 1926. Pero su infancia y adolescencia transcurrieron en Los Angeles. En el Liceo de Hombres se gestó su vocación, a la sombra del mítico cura Arteche. En 1996 recibió el Premio Nacional de Literatura, por su vasta obra y trayectoria.
Extractos de "Los Angeles de la Provincia".
"...Mi papá era mi tío. El cura Arteche. Porque, en ese tiempo yo no me llamaba como ahora me llamo (¿me ves aún San Miguel?), pero nadie dejaba de nombrarme así: Arteche. En esos años mi nombre completo (¿largo, no?) era Osvaldo Nicolás del Carmen Salinas Arteche, y ni siquiera había pensado en escribir un verso. Doce años más tarde los escribía en Quintero, bajo la impresión de unos poemas de Cernuda. Pero el otro -1932-. Otra vez el tiempo: que no es lineal, que está lleno de recovecos, que retrocede y vuelve, que se estira y encoge, que regresa en la noche dándonos más presencia en las ausencias de los meses.
Para los que se interesen: la imagen de mi tío Gonzalo Arteche Bahillo puede sustituir a otra, perdida y desconocida: la del padre. El cura -cuya foto tengo frente a mi mesa de trabajo: amplia sotana limpísima, bastón con empuñadura de plata, contera reluciente, sombrero de teja - tiene prestancia y seguramente más de una beata suspira por él; sabe escribir música. Es el autor del himno del Liceo de Los Angeles..."
Las noches de Los Angeles. Las noches de la provincia. Cuando el hombre esté por suicidarse en las ciudades (si es que ya no lo está haciendo); cuando sólo respire miasmas en las calles; cuando su odio, luego de volverse contra los demás, se vuelva contra él mismo; cuando ya no soporte más esa bazofia que le suelen vomitar hoy por la televisión, ese nuevo Eldorado; cuando un libro valga por el dinero que produce, el horror que produce, el sexo que produce, el odio que produce, luego de haber sido destrozado el escritor y explotado antes y después de su muerte: entonces habrá que regresar a la provincia.
Pero ¡cuidado!, que tampoco está allí el Edén. Porque la provincia tiene terrores alucinantes. ¿O habrá que regresar a la infancia de la provincia? pero ésta tiene también miedos. La provincia de la infancia no tenía tiempo: no había que mirar relojes, ni las hojas del calendario. Había tiempo para eso que el hombre ha olvidado y perdido: mirar, mirar en silencio y largamente, los árboles, la tierra mojada por la lluvia, un rincón de algún otoño, el viento, la sombra que proyecta un ciprés bajo la luna, las aves (esos queltehues de mi infancia, con sus larguísimas patas, hieráticos, sacerdotales), las plantas (las hortensias del patio de la casa parroquial).
Mirar todo sin que nadie te interrumpa: entrar en las cosas, ser uno con ellas, ser las cosas. Antes de ir a la muerte. La muerte que se conoce más tarde: en la adolescencia, cuando conocemos la fugacidad del amor de la mujer.