Mohamad Sabag, Influido por Allah
El pasado común de los árabes en la zona de Cabrero y Monte Águila tiene una razón: huir de Nabatieh por la guerra, el servicio militar y el abuso, ya que no combatían por su país, sino por Turquía. Pero el por qué estos paisanos escogieron exclusivamente a la comuna cabrerina, dentro de todo Chile, sigue siendo un misterio.
No en el caso de Mohamad Sabag, quien llegó tras las huellas de su hermano Ahmed, mayor que él por doce años. “Fueron unos 300 muchachos que escaparon de Nabatieh”, cuenta el alcalde de Cabrero, Hasan Sabag Castillo. Según explica el edil, el interés de su padre había sido regresar el hermano a casa, sin embargo, la juventud sin duda jugó una de sus mejores cartas: el interés en lo desconocido, en un país nuevo, en un mundo nuevo, terminaron por atraparlo.
Fue en 1928 cuando Mohamad halló a su hermano Ahmed, quien se llamaba ahora “José Sabag”. En el Líbano, Mohamad dejó a una esposa joven y a una pequeña hija, a quienes prometió no descuidar, palabra que fue cumplida. “Llegó sin capital, sin saber hablar español, sin nada. Pero de niño fue trabajólico y no dejó de serlo en Chile”, cuenta Hasan Sabag. En el Líbano, Mohamad se dedicaba al “transporte”, esto quiere decir que tenía camellos. “Trabajó en una panadería y compró su primer camello. Y llegó a tener seis animales; nada despreciable en aquella época, es comparable a lo que hoy serían camiones”, asevera Sabag.
Gracias a esta bonanza económica adquirió una casa en Nabatieh, la que dejó a su esposa e hija, y empleó sus ingresos para el viaje. Esa es la razón por la que se vino sin riqueza alguna. “Demoró como tres meses en su travesía, en barco”, señala Hasan Sabag. Una vez en Chile fue acogido por su hermano, quien le aconsejó que trabajase como vendedor viajero. “Se iba con mercadería al hombro, sin saber hablar español, y vendía en ciudades cercanas, como Huépil o Yungay. Apareció clientela estable y con el poco idioma que dominaba juntó sus pesos y se estableció en el centro de Cabrero”, asevera el alcalde.
Era un negocio chico, al lado de otros paisanos que tenían enormes locales. “Según tengo entendido, y si bien eran todos compatriotas, los ‘viejos’ prohibían a sus clientes a que le vendieran a mi padre”, comenta Hasan Sabag. La contienda se daba en los precios, ya que los grandes comerciantes compraban al por mayor y Mohamad Sabag, a los minoristas. Eso evidentemente era caro. “A mi padre le costó surgir”, afirma.
Pero el joven Mohamad Sabag (quien injustamente fue inscrito bajo el nombre de “Manuel”, por onomatopeya) tenía una cualidad que fue su baluarte: buen carácter para atender a los clientes, lo que le hizo imponerse no por sus precios, sino por su simpatía.
El amor tampoco se hizo esperar. Decidió acceder al divorcio solicitado por su esposa libanesa y se volvió a casar. De ese matrimonio nacieron nueve hermanos, de los cuales ocho están vivos y seis residen en Cabrero. “Aún así mi papá quería que nos casáramos con árabes”, expresa Hasan Sabag.
Practicante y observante
Si bien la mayoría de los árabes que llegaron a nuestro país se reconocían musulmanes, pocos eran realmente practicantes de su fe. Mohamad (Manuel) Sabag dio ejemplo de religiosidad. Su hijo Hasan lo recuerda en ayuno, leyendo el Corán, haciendo sus rezos, en silencio y con total respeto y concentración. Pero no sólo fue eso. A diferencia de todos los hijos de descendientes entrevistados, él fue el único que se recuerda que habló de la religión musulmana a sus hijos de manera más profunda.
“Mi papá nos contaba cuentos, a través de los cuales fuimos captando la esencia de la religión musulmana. De todos los hermanos hay algunos que son muy practicantes, mis hermanas realizan el ayuno y yo rezo permanentemente”, asevera el alcalde, que nunca ha intentado ayunar por ser incompatible con el ejercicio edilicio: no se puede ingerir alimentos mientras el sol esté presente. Sin embargo practica oraciones, muy temprano, con una previa purificación, antes de que el sol surja en los cielos. Durante la tarde, Hasan Sabag se entrega a dos oraciones más, y también en las noches, todos los días.
Pero si la religión musulmana anidó en los corazones de los hermanos Sabag, el idioma, simplemente, se perdió. “Nos explicó algo del abecedario, cómo se escribían las letras, pero al final ninguno de los hermanos aprendió a hablar en árabe”, lamenta el alcalde. Otra tradición que también se perdió fue el matrimonio entre árabes. Ello ocasionó un conflicto mayor. “Mi papá se casó con chilena, pero insistió en que nos casáramos con hijos de libaneses. No resultó mucho y se provocaron peleas… de hecho, ningún hermano se casó con árabe. Eso enojó mucho a mi papá, a mí no me habló por un buen tiempo”, confiesa el alcalde. Para suerte de esta unida familia, la molestia duró poco.
Poco alcanzaron los hijos a disfrutar de este hogar: la madre falleció en 1952. “Yo tenía once años. Mi hermana menor tenía dos, y la mayor, menos de 18. Ella pasó a ser la madre de todos”, evoca Hasan Sabag, con respeto, sin dejar de desconocer que este padre árabe, viudo, batalló con toda su fuerza por su familia. No quiso casarse nuevamente, cuando niño vivió la experiencia de una madrastra y no guardaba buenos recuerdos de aquella época.
Por sus hijos, el viudo compró un terreno en 1954. Pero la casa y un hogar lleno de vida fueron insuficientes a la hora de extrañar: los recuerdos comenzaron a atormentar a Manuel Sabag. En 1960, el padre de familia regresó al Líbano, con cuatro de sus hijos. “Cuando se fue, vendió todo, pensando en no regresar. Pero sólo permaneció un año en su país, regresó con todos los cabros de vuelta”, recuerda riendo el acalde. “Siempre oí a mi papá decir que quería volver a vivir en el Líbano, morir allí, pero regresó de todos sus viajes. Fue como tres veces. Estaba dividido: su corazón realmente estaba acá, en Chile”. De uno de esos viajes, Mohamad volvió con compañía femenina. La relación no prosperó y “envió” de vuelta a su compañera a Medio Oriente.
Otro legado que los Sabag Castillo recibieron de su padre fue una increíble y extensa familia. En sus viajes al Líbano, Hasan Sabag ha tenido el placer de encontrar un centenar de primos. “Conocí a cuatro hermanos de mi papá”, expresa el edil, quien también tuvo la oportunidad de reunirse con su hermana mayor, la otrora niña que Mohamad dejó en el Líbano. “Vive en Estados Unidos, estuvo en Cabrero un año, con nosotros. Aprendió el idioma y sólo quiere volver a esta comuna. Que la entierren acá, al lado de su padre”, confidencia el alcalde Sabag.
Manuel Sabag falleció en 1993. En su tumba se inscribió su nombre verdadero, Mohamad Sabag.
Por Paulina Pérez Diez
(Fuente: www.cabrero.cl)