Justo Farrán, El misterio del Cedro
Sólo 17 años tenía Jalil Farrán cuando salió hacia América, junto a todos los otros muchachos de Nabatieh. Pero su historia es quizás la más dramática. Así la cuenta, conmovido, su hijo Alejandro Farrán Zapata, en la misma casa que construyó el propio Jalil. Que, corriendo la misma suerte de los demás libaneses, perdió su nombre por “Justo”.
“Mi papá me contaba entre llantos cómo se fue de Nabatieh. Alcanzó a subirse a un barco, prácticamente como polizón, mientras mi abuela corría tras él gritándole, ‘Jalil, Jalil, no te vayas…’ Nunca más volvió a ver a su madre en la vida”, expresa Farrán.
El inmigrante partió en los campos, instalando sus tiendas en medio de la espesura del bosque, en la penumbra. “Se establecían en los lugares más tranquilos, cargando la mercancía en sus mulas y con la pistola al cinto”, señala Farrán. De a poco comenzó a aunar utilidades y así fue como compró su bien raíz. “Esta casa mi padre la adquirió con sus ventas, tiene 32 metros de frente”, cuenta Alejandro Farrán, quien vive en ella con sus hijas, su yerno y sus nietos.
Jalil Farrán no sabía leer ni escribir, “sólo sacar cuentas”, agrega el hijo. Quizás ese fue el factor por el que no transmitió a sus hijos el idioma árabe. “Aprendió español con un acento que le gustaba mucho a la gente”, recuerda Farrán. Y fue precisamente esa facilidad con los números lo que le permitió tener un local. “Se estableció en Monte Águila, donde tenía su tienda. Era enorme, vendía cacerolas, ropa, géneros, era muy propio de los paisanos”, comenta Alejandro Farrán.
De seguro fue entre tanta itinerancia que Jalil Farrán, conocido como “Justo”, encontró el amor. Se casó prontamente con Rosa Zapata Aravena, quien sin embargo le dejó viudo en 1944, por un parto complicado. “Somos 7 hermanos. Dos años después de la muerte de mi madre, mi papá se volvió a casar. De ese matrimonio nacieron cuatro hijos, tres hombres y una mujer”, expresa.
El “cedro libanés”
Desde varias cuadras a la distancia se puede ver a un árbol que equivale a una buena cantidad de pisos de un edificio. Pocos permanecen ajenos a esta tremenda silueta verde, que fue bautizada por un cura párraco como “el desconocido”. “Yo tengo 70 años, y cuando nací, ya estaba el árbol en esta casa”, asevera Alejandro Farrán Zapata.
¿Qué especie es? Nadie lo sabe con certeza, pero es fácil advertir que “chileno no es”. “Me gustaría que lo viera un botánico”, señala Farrán, quien sostiene férreamente que es un “cedro libanés”. Quizás haya sido el árbol el que mantuvo a todos los hermanos reunidos. “Yo nunca me he movido de acá, en setenta años. Me doy cuenta de cuánto cariño le tengo a mi pueblo, a sus habitantes, los mismos que le entregaron afecto a mi papá”, expresa conmovido. “La gente de Monte Águila recibió con los brazos abiertos a mi papá, mi gratitud para esas personas es enorme. Por eso no me voy”, asevera. Pero en esto también tiene que ver la enorme casa paterna. “La casa se mantendrá hasta que ya no quede nada. Llegamos a un acuerdo de que sea mantenida, que se convierta en “la casa de los Farranes”, esparcidos por Yungay, Lebu, Concepción... para mí es un orgullo pertenecer a una familia como la mía”, sostiene Alejandro Farrán.
Pero ¿cómo fue realmente Jalil Farrán? “Fue un hombre más bien tierno”, afirma su hijo. “Siempre que recordaba su venida a Chile, lloraba. Nunca vio a mi abuela de nuevo, ni siquiera se escribieron... en esos tiempos era así. No contó mucho de su persona, también fue culpa de nosotros, ¡ahora es cuando uno se arrepiente de no haber preguntado!”, lamenta Alejandro Farrán. “Ni siquiera sabemos cuántos hermanos fueron, con cuántos tíos contamos. Pero lo hermoso de su recuerdo es su persona, era un padre cariñoso, atento, nos preparaba carne cruda con limón y siempre sonreía. Nos quería”, concluye.
Por Paulina Pérez Diez
(Fuente: www.cabrero.cl)