Imbrahim “Feres” Dames, Padre excepcional
Desde el Líbano, aunque de una pequeña y hermosa ciudad llamada “Joahia”, cercana a Beirut, llegó Imbrahim “Feres” Dames, conocido por todos como “Feres” pero que, a diferencia de sus demás coterráneos, pudo conservar y ostentar su nombre árabe. Según cuenta su hija, Pohebe Mari Dames, “era un niñito de 17 años cuando decidió venirse a estas tierras, lamentablemente no recuerdo con exactitud en qué año”. Lo que sí ha trascendido que este muchacho pasó primero una buena estadía en Francia, hasta el momento de emigrar.
“En América, mi padre estuvo primero en Brasil. De ahí emigró a Argentina y finalmente se vinieron a Chile”, expresa Mari Dames, en plural, ya que Imbrahim viajaba con un hermano. “Llegaron a Los Angeles y se instalaron con una tiendita, las clásicas de los árabes de entonces. Les fue bien pero perdieron todo jugando al naipe en Yungay... los libaneses tenían esa debilidad”, expresa Mari Dames, riendo. El tío (cuyo nombre no recuerda) emigró a Santa Bárbara y el padre, a Polcura. “Yo tendría unos tres años entonces”, calcula la hija de Imbrahim. “Fuimos nueve hermanos, de los cuales, siete fuimos mujeres”, agrega.
Imbrahim Dames se casó con Orfelina Cifuentes. El matrimonio, radicado en Polcura, echó primero raíces en esa zona, en la que Imbrahim se dedicó a los negocios. “Mi papá viajaba a caballo, ¡calcule el sacrificio! Se trasladaba hasta Argentina, allá lo recibía la gente con la que hacía sus negocios. Internaban animales, los pasaban por aduana y ganaban dinero, todo legal, por supuesto. Pero se asoció con gente que muchas veces no fue la ideal... en fin”, evoca la hija.
Después de tanta entrega, Imbrahim Dames decidió instalarse en Monte Águila, donde montó dos negocios, dedicados a la línea blanca, a los géneros. “Tenía de todo, catres, azúcar, hierbas, muebles, todo. Era difícil que mi papá cobrara, la gente tenía libreta y se le iba fiando, mes a mes. Él nunca cobrara, cuando le pedían disculpas por los atrasos el decía: “no la preocupa tú”. A todos les gustaba su acento”, afirma su hija. Luego compró el fundo El Peral, para el descanso de sus animales.
“La pone tonta”
¿Qué recuerdos tiene Mari Dames de su padre? “Era un hombre muy querendón, muy bueno, y muy dulce, no todos los árabes son así. Mi mamá nos tenía que castigar para callado porque si no se metía él, y la desafiaba. “¡No la pega la cabeza, la pone tonta!”, decía enojado. O sino, decía: “¡No tira las orejas, la pone sorda!” Yo creo que en eso influyó el que fuéramos tantas hermanas, mujeres”, expresa con humor Mari Dames.
Eso se vio reflejado cuando esta hija canceló su matrimonio con un joven de origen francés. “Yo estaba de novia y me arrepentí 20 días antes de la boda, cuando ya estaban los partes enviados... pese a todo mi papá me entendió. Lo mismo esa exigencia de otros de obligar a sus hijos a casarse con árabes, a él sólo le importaba que me casara con un hombre bueno, que me quisiera”, explica. “Él decía: yo respeto las ideas del país donde me encuentro”, de modo que jamás se opuso a que nos casáramos con chilenos, a que fuésemos católicas, a que comiésemos cerdo. Él no comía pero incluso nos compraba carne de buena calidad para que nos alimentáramos...”, afirma.
Mari Dames disfrutó mucho la presencia de su progenitor en su vida. Que, de hecho, fue muy longevo: falleció en 1973, en agosto. Ofelia Cifuentes, su viuda, permaneció en Monte Águila, sin olvidar nunca a su marido. “Nunca aprendí a decir nada en árabe, aunque sí todo lo referente a la cocina. Mi mamá lo mismo, hacía niños envueltos en hojas de parra como si hubiese sido libanesa”, asevera Mari Dames. “Guardo los recuerdos más hermosos de mi papá, de cómo atendía a su familia, como si fuesen visitas”, concluye.
Los primeros árabes registrados en Chile en un censo se remontan al realizado en 1895. En 1930 aparecen 6.703 árabes (105.463 extranjeros) de un total de 4.181.982 habitantes en Chile. El origen de estas personas era un 63 % de palestinos, 30 % de sirios y 7% de libaneses, quienes misteriosamente fueron los que se asentaron en la comuna cabrerina (fuente: “La Inmigración árabe en Chile”, de Myriam Olguín Tenorio y Patricia Peña González, Ediciones Instituto Chileno Árabe de Cultura, 1990).
A diferencia de otras corrientes migratorias, la árabe tendió a la dispersión. Sus apellidos (e incluso, sus nombres) hoy están enraizados en familias de más de tres generaciones, quienes conservan recuerdos y algunas costumbres.
Viajaron muy, muy lejos, y desarrollaron lo que sabían hacer: el comercio. No en vano son los autores que vinculan a los libaneses con los fenicios, viajeros por excelencia, mercaderes de gran valentía. Un valor que, de manera insospechada, dejó historia en una tierra nueva, naciente y promisoria, como es la comuna de Cabrero.
Por Paulina Pérez Diez
(Fuente: www.cabrero.cl)