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Abdo Sabag, El forastero de Nabatieh  
Abdo Sabag, El forastero de Nabatieh Abdo Sabag, El forastero de Nabatieh Quien tiene más viva esta historia de dolores, mística e insospechado final, es Carlos Amín Vásquez, hijo de Magdalena Vásquez y de Abdo Amín Sabag Valdredin, quien fue ingresado a nuestro territorio bajo el nombre de “Salvador Amín”, Salvador por el significado de su nombre y “Amín” por desconocimiento del traductor, quien confundió el nombre Amín con un apellido.

Desde su consulta odontológica, frente a la Plaza de Armas de Cabrero, Carlos Amín viaja por su memoria tras los recuerdos del fundador de su sangre.

Era 1914 y la Primera Guerra Mundial culminaba, con la derrota de Alemania. En Oriente, Turquía creció y se hizo poderosa, interviniendo a los países árabes. “Tomaban a los jóvenes como carne de cańón, y los enviaban a la guerra”, cuenta el doctor Amín.

En 1917, uno de sus tíos fue enviado a la lucha, falleciendo prontamente. “Mi abuela, desesperada, reaccionó de inmediato. Se negó a entregar a sus hijos a la guerra”, seńala. Lo mismo otras valientes mujeres. Se juntaron varias seńoras de Nabatieh y, con un colchón de lana de camello y dos panes enormes, enviaron a sus hijos hacia América, un continente que se veía ideal y donde efectivamente la vida fue más fácil.

Lo difícil fue decir adiós. Sobre todo cuando no se sabe ni siquiera saludar en otro idioma que no sea el materno, el árabe. Un grupo de gallardos libaneses, encabezados por Abdo Amín Sabag y seguido, entre otros, por José Amdan, Ahmed (José) Sabag, Manuel Saba (quien se radicó en Huépil), Justo Farrán y Jacinto Farrán, todos ellos de entre 17 y 18 ańos de edad, se embarcaron con rumbo a Marsella y luego a Río de Janeiro. Incluso el barco inicial los dejó (por no comprender el idioma), siendo reembarcados y trasladados hasta Buenos Aires. La cordillera de Los Andes, esa nieve que no conocían, ya estaba cada vez más cerca.

AHORROS E INGENIO

En Buenos Aires las cosas no salieron tan mal: los inmigrantes se reunieron con otros paisanos, avecindados ya desde buen tiempo en la capital argentina. “La alegría fue enorme, aunque la desesperación también ya que no aprendían nada de espańol”, cuenta Carlos Amín.

Los paisanos les confiaron parte de sus mercaderías (quizás con algún sentido económico), los proveyeron de hilos, agujas, peinetas y espejos, y premunidos de una bandeja en el cinto, salían a vender por la ciudad. Así comenzaron a ganarse la vida.

“Vivían todos juntos en una pieza, ahorrando mes a mes lo que más podían. Ya entonces a mi papá no le gustó lo que hacía. En Nabatieh, zona agrícola, él se dedicaba a las labores campestres. De modo que encontró trabajo en las enormes cosechas de maíz de Argentina, aprendió un par de palabras más y se dejó llevar por la fantasía. Alguien le dijo que las mujeres en Chile eran muy hermosas, de modo que se tomó en serio la posibilidad”, cuenta Amín, riendo.

La idea de venir a Chile fue cada vez más poderosa, no sólo para él, sino también para sus seis acompańantes. Con el dinero ahorrado contrataron a un guía y decidieron viajar a Chile nada menos que a pie. Por el paso del Cristo Redentor de Los Andes. Y a comienzos del invierno. “ĄPor Dios, qué muchachos más valientes!”, exclama el dentista Amín.

Comenzó el periplo. Pero en la mitad del camino, el tiempo comenzó a empeorar. “El guía dijo que se volvía. Lo agarraron, decididos a traerlo por la fuerza. Pero el hombre fue claro: mátenme, pero no sigo con ustedes. De modo que le dejaron regresar”, cuenta.

Los jóvenes de Oriente, que nunca habían visto la nieve, llegaron a Chile después de meses, premunidos de alimento, ropa y algo de dinero. “No murieron por su físico, porque eran jóvenes y porque tenían resistencia. Gracias a eso mi padre socorrió a Justo Farrán y a José Amdan, que estaban un poco más debilitados”, recrea Amín, con las hazańas transmitidas por su padre, como base.

Increíblemente estos extranjeros consiguieron arribar a Chillán. Pero, nuevamente, no sintieron que fuese dicha ciudad el oasis que buscaban. Los viajeros ya hablaban algo más de espańol, y sabían mejor de negocios: vendían géneros. De modo que prefirieron deslizarse entre un pueblo y otro, empleando el ramal de Chillán a Recinto.

“Mi papá conoció a un conductor de trenes, Julio Bustos, quien lo acogió muy bien. Bustos era de la zona, y fue muy amable en presentar a nuevas personas a mi papá. Uno de ellos se apellidaba Vásquez, un herrero. Bustos llevó a casa de Vásquez a mi papá y al tío Jacinto, que pinchó con mi tía Margarita. Mi papá, en cambio, un hombre alto, rubio, de ojos azules y facciones extrańas, pinchó con mi mamá, Magdalena. Así comenzó la historia”, asevera Amín.

Cuando el noviazgo del extranjero con la hermosa joven fue un hecho, ya habían entrado a la década del 20, del Charleston y Rodolfo Valentino. Un paisano de la zona aconsejó a Abdo (Salvador Amín) a que se asentara en Monte Águila, razón por la que el joven compró una casa y dos caballos, uno para cargar y el otro para montar. “Tenía mucha clientela, en su mayoría mujeres. Era encachado mi papá”, asevera Amín. Las fotografías, únicos vestigios testigos del pasado, dicen lo mismo.

“Mi madre tuvo a su primer hijo, Víctor Rachir Amín, en 1921. Fuimos 11 hermanos, nacieron nińitas pero murieron pequeńas. Se formó una familia numerosa”, comenta el odontólogo, quien cuenta ya con 54 ańos de ejercicio profesional. Su hermano Enrique también siguió sus pasos, convirtiéndose en dentista. Pero esta historia tuvo un precio, que para Abdo Sabag (Salvador Amín), fue motivo de dolor. “Cuando mi padre llegó a Chile, luego de la proeza del Cristo Redentor, fue ingresado legalmente al país.

La persona encargada de internarle, que no entendía nada, le preguntó su nombre. Él exclamó: “Abdo”. żQué quiere decir eso?, preguntó el oficial o personero del Civil. “Salvador”, dijo mi padre. Entonces le dieron ese nombre, eliminando a Abdo”. Pero eso no fue lo más grave. Lo peor fue que dicho hombre confundió el segundo nombre, “Amín”, con el apellido, que era Sabag, y que pasó a ser apellido materno. De esta forma se eliminó el patronímico “Sabag” por “Amín”, que es un nombre común. “Mi padre sufrió mucho por eso, nosotros no nos hicimos problema. Moriremos con ese apellido”, expresa Carlos Amín.

Por Paulina Pérez Diez, (Fuente: www.cabrero.cl)
 
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