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La Historia de Nuestros Abuelos
Río Bio Bío y Pehuenches Parte III  
Río Bio Bío y Pehuenches Parte IIIRío Bio Bío y Pehuenches Parte III El indio fue expulsado, cercado, despojado, arrojado a los flancos abruptos de la cordillera, recluído en la tierra que nadie, por mísera, ambicionaba.

Aun esa tierra la trabajaban como podían y cuando podían. Morían de hambre. La filosofía de los viejos, enflaquecido por las privaciones, traducía la angustia en una frase breve y brutal: “no come, murió”. La tierra, eso sí, era pródiga en pińones. Y los pińones aplacan el hambre. Aplacada el hambre, ya es posible vivir... No lo es, empero, cuando el kalku era más poderoso que el Ngenechen y desde las profundidades del rine arroja su mal al desdichado mapuche: son en vano, entonces, los redobles del cultrún y las contorsiones de la machi... Así se moría de hambre o de mal tirado. Nada más. O en las disputas entre las tribus, la muerte heroica entre el chivateo de la victoria o la maldición de la derrota.

Sobre ellos cayeron más tarde unos huincas armados de carabinas. Oculto detrás de las rocas, a cubierto de gigantescos troncos, solapados en las grietas del terreno, los balearon sin piedad, los persiguieron como a bestias dańinas. Los indios caían sin saber de dónde ni por qué les llegaba la muerte. Los heridos se arrastraban a sus rucas y sus indias los curaban con yerbas de la montańa y lloraban la desdicha que se abatía sobre ellos sin haberlo merecido. Los perseguían, los mataban. No bastaba, pues, el hambre ni la hostilidad de la naturaleza: llegaba el blanco. Las indias gemían sus menesteres y en la acongojada ceremonia de los funelares, surgía el clamor de la angustia: “Ąkińeke wentr ńiekei pańilvepiuke!”.

ĄAy, sí! De fierro tenían el corazón esos hombres. De piedra y fierro. Enviados por sus amos a limpiar de indios una zona que mejor estaba para echar en ella a pastar animales, caían como perros sobre las liebres. El plomo horadó las entrańas de los viejos, de las mujeres. Los nińos conocieron también el candente camino que dejan las balas en la carne desgarrada. Los mocetones lucharon. Y murieron. La trágica cacería duró meses. Los hombres combatieron defendiendo sus rucas, sus güeńes moquillentos, sus tristes sembrados. Pero caían; y al morder su boca las rocas duras, sus dientes seguían estampando en ellas un grito rebelde y tenaz. De aliento para los que restaban.

Todo en vano. La sangre no logró hacer más fecunda la tierra: sólo trajo revuelo de aguiluchos voraces refocilantes en la carrońa. Los indios se fueron retirando más arriba, lejos, prendiéndose a las crestas de la misma cordillera, allí donde los animales desdeńan clavar sus pezuńas. Y allí murieron.

Para matarlos, esta vez el huinca no empleó las balas. Había aprendido el valor de un arma mucho más eficaz que no deja rastro de sangre: la ley. El huinca contrató abogados y el abogado dio el golpe de muerte definitivo y brutal a los últimos mapuches. Valióse de papeles llenos de timbres y firmas, todo muy legalizado y muy en regla. Al pie, la cruz que reemplazaba la firma del cacique analfabeto. El cómo puso allí su firma o lo que fuere, secreto es guardado por el huinca y su abogado, pero lo sabe también el río.

Y así fue: la culpa la tuvo el aguardiente, aguardiente para el estómago del mapuche. Con aguardiente, el mapuche no sabe ni lo que dice ni lo que hace, ve unas caras borrosas, oye unas voces lejanas, una que le escancia el licor, una vez, otra vez, muchas veces. El mapuche no puede desairar a un huinca amigo y su dedos temblorosos estampan en el documento que lo despoja de sus bienes, unas cuantas rayas tiritonas. Cuando le abandona el licor, le ha abandonado también el huinca amigo y le han abandonado sus animales y sus tierras.

Así vio el río la muerte del pehuenche. Vio muchas cosas más: vio crecer las haciendas, dilatarse hasta las cordilleras, llenarse de animales en kilómetros y kilómetros. Todo bajo el dominio de uno o dos hombres. La posesión a fierro o fraude. żY qué? ĄSi esos no son más que unos pobres indios!

“Ránquil” Junio de 1941, Reinaldo Lomboy; Novelas de la Tierra

Río Bio Bío y Pehuenches Parte II

 
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