El Río Bio Bío y Los Pehuenches Parte II
Sabe el río que eran los amos de la región. Sus caciques poderosos y altivos, pujantes hasta en la muerte, al morir se refugiaban en los volcanes y arrojaban fuego y lava si las acciones de sus huestes humanas le ponían el ceño duro.
Las rucas se esparcían aisladas por las parcialidades de todas las faldas andinas, porque si estos hombres no temían a ser vivo, en cambio les ponía miedo la potencia de sus hechiceros. Y en los valles, junto a los ríos despeñados en raudales tronitosos por las rajaduras de las montañas, se multiplicaban los tolderíos de cuero.
Terciado el cuerno al pecho, en ocasiones los caciques le arrancaban sordos sones: era el llamado al nguillatún, la convocación a la guerra, el clamor de un pueblo libre para crecer y para morir. Entre la maraña de troncos de cipreses y robles, cuerpos morenos seguían detrás de las vizcachas, cazaban los huillines o armaban trampas a los coipos en los esteros de las planicies. La caza del hombre por el hombre no entraba todavía a la tierra que Dios rasgó en híspidas rocas y enmarañó de selvas.
Pero un día... La gente de los pinares estaba en paz. En son de guerra llegaron unos extraños hombres blancos, barbados, dueños del trueno. Los mapuches lucharon, cayeron, lucharon. Cientos de miles de lanzas se rompieron en los encuentros y miles de mocetones mordieron la tierra ensangrentada, un día y otro día, tantos días y tantas noches que los pehuenches perdieron la cuenta y con el mismo brío con que guerreaba el abuelo lejano, seguía combatiendo el nieto apenas aprendía el grito de guerra.
Tras la muerte, una pausa. Detrás de la espada, lo que la espada no pudo conseguir, intentó hacerlo la cruz. A la sazón, el río había mudado de nombre: llamábanlo ahora Ribimbe o Biu-Biu.
Al doblar un día este Bio Bío, encauzado ya en lecho dilatado, por un caserío surgido de improviso, años atrás, a la salida de los desfiladeros cordilleranos, oyó hablar de unas hombres vestidos de largos chamales color de tierra gredosa, armados solamente con una cruz y enviados por un alto cacique blanco al que mentaban don Manuel Amat y Junient. Así supo el río de la lucha pacífica por el sometimiento de los mapuches, así supo que ese caserío, al que llamaban Santa Bárbara, quería tener algo de santo teniendo mucho más de bárbaro.
El imperio de la cruz hizo prodigios. Mas su reinado fue breve. Resonó otra vez el grito de guerra y los pehuenches arremetieron sus súbitos malones contra los poblados, empujados por la sed de venganza contra los huincas ansiosos de despojarlos de sus tierras. Luchas y treguas, nuevas luchas y nuevas treguas se fueron dando vuelta en los años indígenas. Las quinchas de colihue y barro de los fuertes se hincaron en la tierra mapuche al estampido de los viejos fusiles “Comblain” de las huestes de chilenos fogueados en las campañas de los desiertos peruanos. La división de Drouilly clavaba en el Butal Mapu pehuenche los fuertes de Curacautín, Lonquimay, Liuncura, Nitrito y Llaima.
Río Bio Bío y Pehuenches Parte I
Río Bio Bío y Pehuenches Parte III